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Dic
16

Recuperar la memoria

Artículo de opinión publicado en EL CORREO. Diciembre 2016. Javier Madrazo.

La izquierda ha perdido dos referencias de valor en una misma semana. Me refiero a Marcos Ana y a Fidel Castro. Tuve, en su momento, la oportunidad de conocer personalmente a ambos. Al primero le traté en actos públicos y privados, en los que siempre encontré a un hombre bueno, humilde, generoso y comprometido. El líder de la revolución cubana me recibió en La Habana, hace catorce años, con motivo de un viaje oficial del Gobierno vasco a la isla para visitar proyectos de cooperación al desarrollo. Me sorprendió su cercanía y especialmente su interés y conocimiento de la realidad vasca. José María Aznar gobernaba entonces España y las relaciones con el régimen de Fidel Castro atravesaban un momento difícil. En un acto propio de un hombre acostumbrado a reivindicar su autonomía y a defender sus ideales, el comandante no dudó en defender el derecho del pueblo vasco a decidir su futuro.

Marcos Ana y Fidel Castro, vivieron en contextos diferentes y tuvieron su propio recorrido vital. Me consta que se respetaban y reconocían mutuamente como personas valientes, que lucharon, en su día, por principios compartidos de libertad y justicia. Su desaparición coincide, lamentablemente, con el triunfo de Donald Trump en Estados Unidos y el auge de la extrema derecha en países europeos. El siglo XXI no se presenta como lo habíamos soñado. Los avances tecnológicos, la inteligencia artificial, el internet de las cosas y las redes sociales constituyen grandes avances, pero la humanidad no parece caminar hacia un futuro mejor, en el que la prioridad sean las personas y su bienestar, independientemente de su lugar de nacimiento, el color de su piel o su condición social.
La historia juzgará las luces y sombras de los años de gobierno de Fidel Castro. Desde mi punto de vista, son muchas más las fortalezas que las debilidades, máxime si lo juzgamos a la luz de un bloqueo económico brutal que viola derechos humanos fundamentales. Sin embargo, para poder cuestionar con legitimidad la figura de Fidel Castro es preciso tener dignidad y coherencia. No es el caso de Donald Trump. El nuevo inquilino de la Casa Blanca ha calificado a Fidel Castro como un ‘gran dictador’. Quien así se expresa es el máximo exponente del racismo, un machista que desprecia a las mujeres y un homófobo confeso.

Hay muchas razones para la preocupación en el mundo que estamos construyendo. No es mi intención apelar a la nostalgia, ni caer en el tópico de pensar que el futuro será por definición peor que todo lo vivido. Al contrario, creo sinceramente que las generaciones más jóvenes marcarán un cambio de rumbo cuando llegue su momento. Mientras tanto, una parte importante de nuestra sociedad está obsesionada por preservar su estatus, conservar sus privilegios y blindarse contra todo aquello que considera una amenaza. La crisis económica nos ha hecho recelar de quienes llaman a nuestras fronteras, en la falsa creencia de que vienen a robarnos los pocos puestos de trabajo que se generan.

Nunca imaginamos que con un solo click podríamos acceder a toda la información disponible en el mundo y menos aún que la cultura fuera accesible a través de una pantalla de ordenador. Pero la verdad es que los prejuicios, lejos de desaparecer, están cada vez más arraigados y son más profundos. Y todo ello nos debe hacer reflexionar. Una sociedad con miedo es una sociedad infeliz. Quienes han confiado en Donald Trump en Estados Unidos, como quienes lo han hecho en España en Mariano Rajoy, buscan certezas ante problemas que tienen difícil solución. Nunca ha habido un mejor caldo de cultivo para el populismo. Respuestas simples para desafíos complejos. Líderes sin principios ni ética para engañar a una ciudadanía aturdida y sin esperanza.

Necesitamos nuevas esperanzas a las que aferrarnos e ideas y representantes en quienes poder confiar. Habitamos en sociedades supuestamente màs avanzadas que nunca y, sin embargo, sueños tan humanos como lograr un mayor bienestar y recuperar valores como la justicia social y una redistribución más equitativa de la riqueza parecen alejarse hasta resultar inalcanzables. Curiosamente en un contexto de recesión el egoísmo se ha impuesto a la solidaridad y la urgencia por sobrevivir está reforzando el individualismo sobre la lucha compartida por la conquista de derechos arrebatados. En este sentido, la trayectoria de Marcos Ana y Fidel Castro cobra especial importancia como grandes referentes portadores de una utopía movilizadora, la de poner de manifiesto que otro mundo mejor y más justo es posible. Lamentablemente, las generaciones que nacieron en las décadas de los ochenta y noventa o no saben nada de estas dos personalidades, o bien si conocen algo de su trayectoria, serán referencias genéricas y muy condicionadas por estereotipos y manipulaciones interesadas.

Ahora que hemos conocido los resultados del informe PISA, que ha sacudido a nuestro sistema educativo, también podríamos preguntarnos por qué las ciencias, las matemáticas y la comprensión lectora son los únicos indicadores a tener en cuenta en este estudio, obviando conocimientos tan importantes para la formación como son la historia, la filosofía o el pensamiento crítico. Es alarmante constatar las deficiencias detectadas y urge una reflexión en profundidad sobre sus causas y las medidas correctoras que habrà que abordar. No tengo dudas a este respecto. Ahora bien, como profesor en la red pública me enfrento cada día a jóvenes que dominan los últimos avances tecnológicos, al tiempo que ignoran el pasado màs reciente, carecen de ideas propias y su capacidad de análisis y reflexión es mínima. 

Una sociedad avanzada e inteligente no es aquella que sólo se rige por criterios de productividad y competitividad, sino aquella otra en la que la calidad de vida de las personas y su felicidad son una prioridad. Marcos Ana y Fidel Castro también lo creyeron y ésta es en sí misma una razón suficiente para rendirles un homenaje merecido y reivindicar unos ideales, que hoy son tan válidos como lo fueron en su momento.

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Quién soy

Nací en Riaño, Cantabria, el 12 de Agosto de 1960; cuando tenía un año de edad mis padres se trasladaron a Bilbao, y desde entonces vivo en el barrio de Rekalde. He sido parlamentario de Ezker Batua_Berdeak entre 1994 y 2001, y Consejero de Vivienda y Asuntos Sociales del Gobierno Vasco entre 2001 y 2009. Ahora, trabajo como Profesor de Filosofía, Ética y Ciudadanía en un Instituto de Bilbao.

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