“La Ciudadanía en el Centro de la Política”
Congreso Internacional sobre Participación

Bilbao, 4 de Junio de 2008. Museo Guggenheim
Intervención: Javier Madrazo Lavín. Consejero de Vivienda y Asuntos Sociales

Buenos días a todas y a todos,
Egun on denoi,

Demokrazia gaur egun bizi dugun bezala, demokrazia errepresentatiboa, krisialdian dago? Herritarrek protagonismo maila altuagoa eskatzen dute beraiengan eragina izango dituzten erabakiak hartzerakoan?  Bi galdera horiei nik baietz biribila emango nieke.  Ez daukat inolako zalantzarik gure bizikidetza-eredua ondokoen bidez onbideratu behar dela: batetik, gero eta handiagoa den partaidetza-demokrazia; eta bestetik, herritarrek gero eta parte-hartze handiagoa izatea politiken diseinuan eta, ekintza eta jarduera zehatzen garapenean.

Son muchas las referencias a la democracia como expresión de voluntad popular y gobierno del pueblo, recogidas por distintos autores a lo largo de la historia.  Personalmente, me quedo con ésta, pronunciada por el escritor portugués y premio Nobel de Literatura, José Saramago: “Concebíamos la democracia como el estadio de mayor desarrollo. No en la versión griega, pero sí como una forma de relacionarse en armonía. La democracia proporcionaba un lugar común donde contrastar nuestras opiniones; es decir, la propia agitación del debate”. 

Palabras profundas, que, sin duda alguna, compartimos todas las personas, que hoy nos hemos reunido en este I Congreso Internacional de Participación Ciudadana, organizado por el Departamento de Vivienda y Asuntos Sociales del Gobierno Vasco. Lamentablemente, José Saramago también pone el dedo en la llaga cuando se refiere, con la lucidez habitual en él, al poder establecido, que se presenta como un límite al ejercicio de la propia democracia.  “El poder  -explica-, tiene rostro, tiene la cara útil de la política y los políticos, y todos los demás nos hemos convertido en eventuarios”.

Personas con voto, pero personas sin opinión; Saramago lo expresa así: “Creo que nos están estupidificando de la manera más maquiavélica que se puede imaginar.  El proceso de estupidificación por el que estamos pasando -añade- constituye una industria que se multiplica y crece como una metástasis. Vivimos un universo metástico de información, de comunicación, que ni comunica, ni informa. El pensamiento único es, en realidad, el pensamiento cero”.  Se podrá decir más alto, pero no más claro.  Se podrán matizar aspectos, se podrán incluso poner objeciones, pero este discurso es hoy, en España, en Euskadi, y en Mundo, una realidad incuestionable.

Saramago se pregunta: ¿Cómo se rompe esta cadena mortal, que ahoga la inteligencia, la sensibilidad y el espíritu crítico, imprescindible para el progreso del género humano?   Él mismo se responde, aludiendo a la juventud, a las nuevas generaciones, en un alegato de esperanza en medio de la decepción y la impotencia: “Tienen dudas -dice-, buscan respuestas, se manifiestan con la participación”.  Ésta es, a mi juicio, la clave para poder recuperar la confianza en una democracia basada en la transparencia, la honestidad y la igualdad de derechos y oportunidades para todas las personas, vengamos de donde vengamos y vivamos donde vivamos”.

Hablamos de la democracia como ideal y no de la democracia actual vinculada al mercado, dictada no por las personas a las que cada cuatro años votamos sino por las grandes corporaciones económicas y financieras, que se sirven de las instituciones y los gobiernos como intermediarios legitimados en las urnas para defender sus intereses. Los medios de comunicación de masas son, igualmente, instrumentos útiles para adormecer conciencias y actuar como soportes de publicidad y difusores de la hegemonía dominante.  La democracia representativa no admite como válida la democracia participativa; al contrario, la descalifica, la niega y amenaza su ejercicio con las armas que le da el poder: los medios de comunicación y las instituciones, incluidos los Tribunales de Justicia, que por definición habrían de ser independientes, al igual que se presupone habrían de serlo la prensa, la radio o la televisión. 

La participación genera miedo al poder establecido; quienes controlan los medios de comunicación y las instituciones se saben vulnerables ante la expresión directa de la soberanía popular, y por ello la rechazan.  En esta cruzada se unen como sólo saben hacerlo quienes ven en peligro sus privilegios. En Euskadi estamos viviendo ahora esta situación en toda su crudeza. El pasado miércoles, 22 de Mayo, el Consejo de Gobierno, al que pertenezco como responsable de Vivienda y Asuntos Sociales, aprobó un Proyecto de Ley de Convocatoria de una Consulta Popular No Vinculante, al objeto de recabar la opinión de la ciudadanía en torno a dos cuestiones:

1.- Una primera, referida a la búsqueda de un final dialogado a la violencia en un escenario de desaparición previa de la misma por y para siempre,
2.- Y, una segunda, referida a la necesidad de impulsar el diálogo sin excepciones para pactar un modelo de convivencia y garantizar el reconocimiento del derecho de la ciudadanía a decidir su futuro. 

A priori, el planteamiento es impecable desde un punto de vista democrático; tiene, además, plena legitimidad y encuentra encaje legal en nuestro ordenamiento político y jurídico. El artículo 9.2 del Estatuto de Autonomía establece la obligación de los poderes públicos, en el ámbito de sus atribuciones, de facilitar la participación de todos los ciudadanos en la vida política, económica, social y cultural del País Vasco”. Una iniciativa como ésta debería generar, en principio, un consenso general, habría de ser impulsada por todas las formaciones políticas y asumida por los medios de comunicación como un ejemplo a promover en el futuro en ámbitos tan relevantes como pueden ser las infraestructuras, el modelo de desarrollo e incluso, por qué no, debates tan candentes como el derecho a una muerte digna o la legalización del cannabis con fines terapéuticos. 

La realidad, sin embargo, es muy distinta. El Gobierno central y las dos formaciones mayoritarias en el Estado -PSOE y PP- han sacado a la calle toda su artillería política, jurídica y mediática para penalizar como su fuera un delito lo que no es más que un acto de responsabilidad pública, profundización en la democracia y participación ciudadana. El mundo al revés. Opinar, pensar, decidir, votar, tomar en consideración lo que las personas desean es hoy, en España, un ataque a la democracia y a sus instituciones,  y un desafío a la justicia. Increíble pero cierto. Izquierda y derecha se unen  bajo los mismos argumentos; periódicos, televisiones y radios, habitualmente enfrentados, hoy son aliados; PSOE y PP representan  las dos caras de una misma moneda; esgrimen la Constitución y anuncian recursos ante los Tribunales. Defienden con uñas y dientes un statu quo que tanto les beneficia: me refiero al bipartidismo, al control de los medios de comunicación y a la supeditación de la justicia a sus estrategias e intereses.    

Consultar a la ciudadanía es legítimo y democrático; es un acto  cívico y legal; es, de hecho, una obligación política y ética de las instituciones y las formaciones políticas. El Gobierno vasco puede y debe preguntar a la ciudadanía si defiende o no el final dialogado de la violencia; puede y debe preguntarle si está de acuerdo o no con la constitución de una mesa de diálogo sin exclusiones. Es más, esta consulta debe abrir la puerta a otras consultas posteriores para que sea la ciudadanía quien decida en aquellas cuestiones que tienen una incidencia directa en sus vidas.  Euskadi es una Comunidad pequeña, con una población de poco más de dos millones de habitantes, y tiene capacidad para desarrollar una política propia de participación en la vida pública, que vaya más allá del debate político, vinculado siempre a la pacificación y a la normalización. Éste es un reto que habremos de abordar en el corto plazo a través de una ley de consultas de ámbito autonómico, territorial y municipal. 

Creo sinceramente que el saneamiento de nuestro modelo democrático pasa por una democracia participativa, por habilitar instrumentos, herramientas y espacios para que cada vez sean más las personas que participen en la deliberación, en el diseño y en el desarrollo de las políticas públicas, de la política en general. Las personas tienen cosas que decir en relación con el desarrollo urbanístico de los pueblos y ciudades en las que viven, en relación con las grandes infraestructuras, en relación con los servicios sociales de los que tarde o temprano tendrán que hacer uso, en relación con la defensa del medio ambiente, o en relación con  materias tan diversas como son la inmigración, la atención a menores o a personas mayores, el destino de los impuestos que pagamos,…

La legitimidad de nuestro modelo democrático y de nuestras instituciones pasa por articular mecanismos que propicien, fomenten y posibiliten la participación ciudadana, la de una ciudadanía cada vez más concienciada, más reflexiva, más activa y, como decía antes, más formada e informada, una ciudadanía que sea protagonista del desarrollo de la sociedad en la que vive en condiciones de igualdad y en libertad. Este Congreso internacional que ahora inauguramos nace con vocación de perdurar en el tiempo, de convertirse en referente en el estudio de iniciativas encaminadas a hacer realidad una sociedad más participativa e implicada en los diferentes procesos de decisión. Nos acompañan personas que no necesitan presentación, como son Ignacio Ramonet, Nick Waters, Matteo Robiglio, Eduardo Bathia, Quim Brugué, Guido Fonteyn y Pedro Ibarra.

Cerraré esta intervención como la he iniciado, recordando unas palabras de José Saramago, pronunciadas, esta vez, en el Foro Social de Porto Alegre hace ahora seis años: 

“Es verdad que podemos votar, es verdad que podemos, normalmente a través de un partido, escoger nuestros representantes en el Parlamento; es cierto, en fin, que de la relevancia numérica de tales representaciones y de las combinaciones políticas que la necesidad de una mayoría impone, siempre resultará un Gobierno. Todo esto es cierto, pero es igualmente cierto que la posibilidad de acción democrática comienza y acaba ahí. El elector podrá quitar del poder a un Gobierno que no le agrade y poner otro en su lugar, pero su voto no ha tenido, no tiene y nunca tendrá un efecto visible sobre la única fuerza real que gobierna el mundo,  me refiero, obviamente, al poder económico.

¿Qué hacer? De la literatura a la ecología, de la guerra de las galaxias al efecto invernadero, del tratamiento de los residuos a las congestiones de tráfico, todo se discute en este mundo nuestro. Pero el sistema democrático, intocable por naturaleza, ése no se discute. Urge, antes de que se nos haga demasiado tarde, promover un debate mundial sobre la democracia y las causas de su decadencia, sobre la intervención de las personas en la vida política y social, sobre las relaciones entre los Estados y el poder económico y financiero, sobre aquello que afirma y aquello que niega la democracia, sobre el derecho a la felicidad y a una existencia digna, sobre las miserias y esperanzas de la humanidad o, hablando con menos retórica, de los simples seres humanos que la componen, uno a uno y todos juntos”.

Eskerrik Asko/Muchas Gracias.


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Quién soy

Nací en Riaño, Cantabria, el 12 de Agosto de 1960; cuando tenía un año de edad mis padres se trasladaron a Bilbao, y desde entonces vivo en el barrio de Rekalde. He sido parlamentario de Ezker Batua_Berdeak entre 1994 y 2001, y Consejero de Vivienda y Asuntos Sociales del Gobierno Vasco entre 2001 y 2009. Ahora, trabajo como Profesor de Filosofía, Ética y Ciudadanía en un Instituto de Bilbao.

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