Ningún animal debe ser explotado para esparcimiento de las personas». Esta sentencia, irrefutable desde una sensibilidad social acorde con el respeto, la protección y la defensa de todos los seres vivos, está recogida en la Declaración Universal de los Derechos del Animal, promulgada el 15 de octubre de 1987 por Naciones Unidas. Este texto, plenamente vigente en nuestros días, responde a un compromiso ético en nuestra relación con los animales, incompatible con el maltrato. El Parlamento de Canarias, al igual que otros muchos, apela a este documento en la Exposición de Motivos que justifica la aprobación en 1991 de la primera iniciativa legislativa en el Estado español que prohíbe las corridas de toros en una comunidad autónoma.

Lamentablemente, esta propuesta, respaldada por el Partido Popular, no es un referente de progreso en el ámbito del reconocimiento de los derechos de los animales porque si bien impide su utilización en espectáculos que conlleven crueldad o sufrimiento, autoriza las peleas de gallos en aquellas localidades en las que exista una tradición al respecto. Es cierto que establece unos requisitos determinados -edad mínima de dieciséis años para poder asistir y condiciones de las instalaciones-, pero la realidad es que no se pueden celebrar corridas de toros en las Islas Canarias y sí peleas de gallos. El porqué de tanto sinsentido es simple: allí no hay afición taurina y sí hay, en cambio, afición por los combates de aves de corral.

He tomado como eje de esta reflexión el caso insular por un doble motivo; primero, para dejar constancia de que el Parlament de Catalunya no ha sido pionero en abolir las corridas de toros, lo que invalida las tesis de quienes quieren ver en esta decisión la larga sombra del independentismo y anuncian un choque de identidades nacionales, que la derecha española parece temer, pero curiosamente alimenta con su discurso y sus actuaciones. En segundo lugar, Canarias, como he explicado anteriormente, es un buen ejemplo para poner de manifiesto el valor que se concede en este debate a la tradición, con el objetivo de sumar argumentos para defender desde el corazón lo que no se puede defender desde la razón.

El Parlamento de las Islas ya recurrió, hace diecinueve años, a este concepto para dar carta de naturaleza a las peleas de gallos, al igual que hacen en la actualidad los valedores de los espectáculos taurinos para legitimar la muerte del toro en la plaza. No puedo entender y, menos aún, compartir este planteamiento. Creo en el valor de las tradiciones, pero sólo de aquellas que son compatibles con el reconocimiento de la dignidad de todos los seres vivos, incluidos los animales. La evolución humana nos ha llevado históricamente, en nombre de un mayor civismo, a superar comportamientos y actividades que, pese a tener un gran arraigo en un momento, hoy nos parecen inaceptables desde una concepción ética.

No asumo el carácter cultural del espectáculo taurino, pero, aunque lo tuviera, ello no le resta un ápice de barbarie, ni debe ser una coartada para garantizar su supervivencia. Tampoco comparto las tesis de quienes apelan a la libertad para reivindicar las corridas de toros. Es cierto que la prohibición, desde una posición de izquierda, nunca debe ser esgrimida como la mejor opción; personalmente, me habría gustado que la llamada fiesta nacional hubiera desaparecido por falta de público en las plazas y, de hecho, éste habría sido su futuro a medio plazo, porque las nuevas generaciones no encuentran ningún aliciente en presenciar un acto en el que el sufrimiento de un animal se vende como arte.

Sin embargo, siendo verdad lo anterior y sin obviar que la afición por la tauromaquia ya languidecía no sólo en Catalunya sino en el conjunto del Estado, en este caso concreto la decisión del Parlament, asumiendo una iniciativa legislativa popular avalada por 180.000 firmas, constituye un paso adelante a favor de la consolidación de una sociedad moderna, que no acepta que se ejerza violencia sobre un ser vivo. En los últimos veinte años se han impulsado en diferentes comunidades leyes tendentes a preservar los derechos de los animales, poniendo el acento en la abolición del maltrato. Resulta obvio concluir que las corridas de toros no podían ser una excepción ‘sine die’, como tampoco lo han de ser las peleas de gallos en Canarias o los ‘correbous’, toros ensogados con los cuernos encendidos, todavía legales en Catalunya.

Me sorprende, y mucho, la actitud de las formaciones políticas vascas, que intentan esquivar este debate, como si nos fuera ajeno. Se equivocan quienes piensan que lograrán eludir un pronunciamiento público admitiendo su adhesión o su rechazo a las corridas de toros. Antes o después tendrán que retratarse, aunque ello conlleve alcanzar un pacto interno entre las distintas fuerzas con representación parlamentaria, muchas de las cuales acogen en su seno posiciones tanto favorables como detractoras ante esta cuestión. Sopelana ya se anticipó en 2009, dando luz verde a una moción, respaldada por unanimidad, en la que se acordaba no programar actos con animales a los que se sometiera a sufrimiento. Sin duda, otros municipios seguirán este camino.

No deja de ser una incoherencia que la Ley de Protección de los Animales prohíba en Euskadi el maltrato pero excluya el caso concreto de los toros, regulado por un decreto del Departamento de Interior. Las instituciones y sus representantes deben mostrar mayores dosis de rigor, en la medida en que la ciudadanía no puede comprender que el espectáculo taurino esté vigente en nuestra comunidad si la ley condena la crueldad contra los animales. Claro que el Partido Popular apoya la abolición en Canarias y es su máximo valedor en España. Catalunya, por su parte, permite los ‘correbous’, al margen del sufrimiento que padece el astado. Confío en que a corto plazo la ética y el civismo tengan más fuerza que la tradición y la afición, y nos permitan superar, por fin, estas contradicciones. También en Euskadi.


8 Responses to “Toros, ¿tortura o cultura?”


  1. 1 EmilioG
    14/08/2010 en 6:13 pm

    Que “Ningún animal debe ser explotado para esparcimiento de las personas” no me parece, en absoluto, irrefutable. La Declaración Universal de los Derechos del Animal, no es promulgada el 15 de octubre de 1987 por Naciones Unidas sino proclamada como los principios de una llamada “Liga Internacional de los Derechos del Animal” y por las Ligas Nacionales afiliadas. Es curioso como se propagan los bulos en Internet. Estas ligas parecen tener escasa entidad, existiendo otros movimientos mucho más amplios incluídos los ecologistas, que pese a ser radicales tienen algo de sentido común.

    En todo caso no son los derechos del animal sino las leyes sobre el respeto a la vida animal y su bienestar lo que está en debate, más o menos vivo según países y culturas (muchas personas piensan en leyes sólo para los animales superiores, otras también para los inferiores. Pocos se plantean problemas con el maltrato a los vegetales – excepto sus cultivos y plantas decorativas; y también hay quienes deshumanizan al hombre reduciéndolo a un animal bastante evolucionado :-) ).

    Al no tener obligaciones, los animales no tienen derechos. Las posibles leyes sobre respeto a los animales y a su bienestar se pueden fundamentar sólo en el bien de los seres humanos. Por ello la crueldad o el maltrato injustificado a un animal serán siempre rechazables, al ser humanamente degradantes.

    En cuánto a la tauromaquia está claro que no conviene a quién sólo alcanza a ver o sentir la crueldad del espectáculo. Pero, no considerándome yo entre los entendidos o aficionados a los toros, puedo afirmar que para ellos no hay, ni por asomo, la menor motivación de crueldad. Esos mismos aficionados protestarían por maltrato al toro si éste se produce en una mala faena.

    Y admito que, en peleas de gallos, puede haber entendidos y aficionados también, aunque a mi me resulte difícil entenderlo. Lo que me resulta intragable es el toro embolado ya que toda la diversión está en fastidiarle.

    Y por ello considero que la ley de prohibición del parlamento canario es cínica, pero la del catalán es revanchista contra el resto de España. Y además pura imposición a su ciudadanía, ya que no hay mejor referendum que la asistencia de los aficionados a las corridas (que no perjudica a nadie).

    Encambio, si que perjudica tanto dar la lata con el fútbol en radio y TV. Esto si es cruel.

    • 14/08/2010 en 7:00 pm

      No podemos hacer distinciones entre corridas , toros embolados o peleas de gallos. Suponen una tortura – crueldad incompatible con una civilización avanzada que no construye su divertimento sobre este tipo de prácticas. Abrazos javi

      • 3 ricardo gil
        01/04/2011 en 6:13 pm

        Usted come carne señor Madrazo? Ah!, que si, no se da cuenta usted que con su comportamiento tambien contribuye al sufrimiento animal, o es que usted no conoce en que condiciones viven los animales estabulados que usted disfruta en su plato, no se da cuenta usted de que cuando se sacrifica un animal este tambien sufre, no es consciente usted que el consumo de proteinas de origen animal es una de las principales fuentes de emision de gases invernadero, para cuando va a proponer usted a traves de su partido IU la prohibicion por ley del consumo de proteinas de origen animal? Salud

      • 02/04/2011 en 9:17 pm

        No tengo suficientes elementos de juicio para responder a la pregunta que me formula.Saludos,javi

  2. 5 Bueta Salek
    04/01/2012 en 9:32 pm

    Hola, estoy haciendo un trabajo sobre este articulo i necesitaría la fecha de publicación.
    le agradeceria que me contestara con la mayor brevedad posible.
    muchas gracias


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Quién soy

Nací en Riaño, Cantabria, el 12 de Agosto de 1960; cuando tenía un año de edad mis padres se trasladaron a Bilbao, y desde entonces vivo en el barrio de Rekalde. He sido parlamentario de Ezker Batua_Berdeak entre 1994 y 2001, y Consejero de Vivienda y Asuntos Sociales del Gobierno Vasco entre 2001 y 2009. Ahora, trabajo como Profesor de Filosofía, Ética y Ciudadanía en un Instituto de Bilbao.

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