Estoy afiliado a Comisiones Obreras desde el año 1986 y el próximo miércoles, 29 de septiembre, me sumaré a la huelga general, convocada por esta central sindical junto a la Unión General de Trabajadores (UGT), con el apoyo de CGT y ESK.  En esta ocasión no se trata de una cuestión de militancia, sino de convicción. Hubiera actuado igual si la jornada de protesta hubiese sido organizada por ELA o LAB. Lamentablemente, la unidad de acción sindical en Euskadi es una utopía, incluso en un contexto como el actual, en el que las diferencias, por muy legítimas que sean, no son suficientes para justificar una división, que impide la denuncia conjunta de la política socio-económica impuesta por el Gobierno de Rodríguez Zapatero.

Son muchas las razones que hacen necesaria e imprescindible una movilización ciudadana contundente y mayoritaria, con el objetivo de promover una rectificación del Ejecutivo, que pasa por la revisión de  la reforma laboral aprobada por el PSOE, con la abstención cómplice del PNV, bajo los dictados del Fondo Monetario Internacional y la Unión Europea. Esta nueva normativa, claramente regresiva,  constituye una agresión al conjunto de la población que, con toda la razón, se siente indefensa y vulnerable ante los abusos de una clase empresarial más interesada en incrementar sus beneficios que en garantizar la cohesión social o promover la creación y mantenimiento del empleo existente.

Quienes, coincidiendo con el estallido de la crisis en Estados Unidos, abogaron por la superación del capitalismo o, al menos, por poner límites a sus atropellos se han convertido en sus máximos valedores. Han quedado en el olvido todas las proclamas contra el modelo de desarrollo neoliberal y son historia compromisos como los anunciados por Sarkozy, en 2008,  sobre la urgencia de “replantear el sistema desde cero” o declaraciones como las lanzadas entonces por Rodríguez Zapatero, cuestionando el impacto de un “capitalismo sin fronteras, ni ética”. Claro que en aquel contexto el propio Díaz Ferrán reivindicaba, desde la Presidencia de la CEOE,  “un paréntesis en el libre mercado”. 

Han transcurrido menos de dos años desde que los líderes mundiales y las grandes empresas entonaran un amago de mea culpa,  y hoy el capitalismo no sólo es inocente y queda libre de toda responsabilidad, sino que además debemos preservarlo y protegerlo por nuestro bien. La doctrina neoliberal ha logrado extender su pensamiento a través del control de la información y la comunicación hasta el punto de que la reforma laboral, que abarata el despido y fomenta la flexibilidad, se presenta como una herramienta para generar empleo estable. Increíble, pero cierto. La estrategia es muy simple: primero se difunde la idea de que las empresas no pueden contratar más trabajadoras y trabajadores porque la legislación resulta obsoleta y rígida.

A continuación, las mismas voces nos proponen la solución: reduzcamos la indemnización por despido de 45 a 20 días por año y autoricemos los recortes de plantilla bajo la excusa de una hipotética previsión de pérdidas futuras.  Este discurso se repite una y otra vez hasta que es aceptado como la única solución por una ciudadanía mayoritariamente acrítica, adormecida por el consumo de productos de entretenimiento de baja calidad, que centran nuestra atención en lo insignificante para evitar que tomemos conciencia de lo realmente importante.  Esta técnica, que Noam Chomsky resume en un decálogo sobre manipulación ejercida por las élites políticas y económicas, se aplica a todas las acciones del Gobierno.   

Ahora, le toca el turno a las pensiones; se lanza la amenaza de quiebra del sistema en un plazo de tiempo corto, y así cuando la sociedad ve peligrar su derecho a una pensión asume como inevitable el retraso en la edad de jubilación, la ampliación del plazo de cotización y/o la suscripción de un plan privado que  le promete  un retiro digno, que el Estado no le ofrece. Este mecanismo de control no sólo afecta al sistema de procesamiento de mensajes en nuestro cerebro, sino también al dominio de nuestra voluntad. Así se que entiende las personas con un trabajo temporal cuestionen a quienes tienen empleo estable, o las personas más jóvenes consideren un agravio cotizar a la Seguridad Social para que sus abuelos cobren una pensión, que ellos no recibirán.

Las centrales sindicales no salen mejor paradas en este escenario. Se ha fomentado  intencionadamente una corriente de opinión contraria a su propia razón de ser, que se propaga como un virus hasta el punto de que se les imputan todos los males que padecemos, cuando, en realidad, sus únicas faltas han sido la ausencia de beligerancia contra un modelo que no incentiva la cohesión social y una excesiva institucionalización y sumisión al poder. Han tardado en responder a decisiones tan lesivas como la reforma laboral y cuando han actuado lo han hecho tarde y sin la firmeza que cabía esperar. El miedo a una debacle del PSOE, al que tan próximos han estado CC.OO y UGT,  y el temor a un PP fortalecido les ha llevado a olvidar que deben defender a la izquierda de la derecha y no a unas siglas frente a otras, máxime cuando hacen la misma política.    

Sin embargo, siendo cierto lo anterior, es justo reconocer que las centrales sindicales no son responsables de la crisis económica. No podemos equivocarnos de enemigo. Quienes nos han conducido a esta situación han sido la patronal y la banca que, con la complicidad del Gobierno Zapatero, nos obligan a pagar los platos rotos, mediante las reformas del mercado laboral y el sistema de pensiones, la reducción del gasto social o la subida del IVA y el IRPF, que  penalizan siempre las rentas del trabajo. Por todo ello, el próximo día 29 haré huelga general. Participaré en las movilizaciones convocadas porque sobran razones para la protesta, pero también por egoísmo. Soy padre de dos adolescentes, a quienes me gustaría dejarles un mundo mejor, en el que puedan trabajar y vivir sin la presión de la flexibilidad laboral y la incertidumbre en el futuro.      

Javier Madrazo Lavín. Septiembre, 2010


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Quién soy

Nací en Riaño, Cantabria, el 12 de Agosto de 1960; cuando tenía un año de edad mis padres se trasladaron a Bilbao, y desde entonces vivo en el barrio de Rekalde. He sido parlamentario de Ezker Batua_Berdeak entre 1994 y 2001, y Consejero de Vivienda y Asuntos Sociales del Gobierno Vasco entre 2001 y 2009. Ahora, trabajo como Profesor de Filosofía, Ética y Ciudadanía en un Instituto de Bilbao.

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