La “sorpresa” de Joseph Stglitz
El CORREO Enero 2012. Javier Madrazo Lavín.

“Una de las cosas que más me ha impresionado de España es la enorme calma con la que se  enfrenta la ciudadanía a su nivel de paro”.  Esta frase no es mía, pero comparto su significado. En realidad, el premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz, se limita a manifestar en voz alta lo que otras muchas personas pensamos.  Resulta difícil comprender que un país, con una de tasa de desempleo superior al 22,5 por ciento, pueda mantener una imagen de supuesta normalidad, ajena al drama que padece una parte significativa de su ciudadanía. Es evidente que el peso de la economía sumergida y el papel que en España desempeña la estructura familiar son razones válidas para explicar esta realidad, pero aún así no dejamos de vivir una situación anómala, que no se puede prolongar indefinidamente en el tiempo.

El número de personas que han agotado las prestaciones por desempleo aumenta a un ritmo de vértigo y cada vez son más las familias que tienen a todos sus integrantes en el paro. Quienes buscan empleo no lo encuentran y quienes sí cuentan con un trabajo viven con el miedo a perderlo. En este contexto, sería  razonable pensar en un estallido de indignación que, sin embargo, lejos de producirse ni tan siquiera se atisba en el horizonte.  Es cierto que el movimiento 15M, previo a las elecciones municipales de 2011, sembró una semilla de rebeldía, especialmente en la juventud y sectores más concienciados, pero es igualmente cierto que ésta no ha terminado de germinar. Queda por ver ahora si con un Gobierno del Partido Popular las protestas se reactivan, Sin duda alguna, hay razones sobradas para ello.

Personalmente, no soy pesimista, aunque si me confieso escéptico. Convivimos en comunidad y, en cambio, somos cada vez más individualistas. El sentimiento de pertenencia a un mismo colectivo se ha resquebrajado y no somos conscientes de que antes o después todas las personas seremos víctimas de los recortes en  derechos que creíamos conquistados. El sistema de mercado neoliberal, un eufemismo para hablar de capitalismo en estado puro, carece de alma y sentimientos. Su razón de ser no está en atender las necesidades básicas de las personas, ni tampoco en generar empleo o promover el bienestar; el único motor que mueve el modelo de desarrollo dominante es la especulación financiera que, en ningún caso, garantiza crecimiento económico porque no apuesta por la productividad.

Reducir el déficit como objetivo estratégico es un error, que traerá más desempleo y recesión, máxime si se utiliza como argumento para legitimar el copago en la sanidad, recortar los salarios, aumentar la presión fiscal sobre las rentas más bajas o limitar las prestaciones por desempleo o pensiones. Algo grave ocurre en un país que hace cuatro años se refería con el término “mileurista” a quienes entonces sobrevivían con un sueldo precario y hoy se han convertido en la nueva clase media. No deja tampoco de ser un escándalo que quienes han propiciado la crisis sean quienes aprovechan este momento para abordar un proceso de reformas estructurales, que fortalecen en definitiva la supervivencia de un capitalismo deshumanizado, despojado ya de todo connotación socialdemócrata y/o democratacristiana.

Vivimos una situación extrema, que lejos de animarnos a la movilización contra los abusos nos bloquea y nos paraliza. Habrá personas que quieran confiar en que el Partido Popular lo hará mejor que el PSOE; habrá también quien mire para otro lado, pensando que así logrará escapar del desastre; la evasión se ha convertido en una tabla de salvación, a la que nos aferramos en la falsa creencia de que antes o después volverán los años de bonanza. Las centrales sindicales, por su parte, han primado el posibilismo, renunciando a la confrontación que cabría esperar en un país en el que el desempleo es la alternativa de futuro más factible para un número cada vez mayor de hombres y mujeres. Se ha manipulado el lenguaje hasta tal término que los agentes sociales quedan desautorizados frente a la banca y a la patronal.

La información que recibimos es cada día más sesgada y subjetiva hasta el punto de que las televisiones ocupan sus telediarios con sucesos, deportes y el pronóstico del tiempo.  Igual ocurre con la cultura. Las  producciones estatales, el cine y la literatura no reflejan, ni siquiera de soslayo, los conflictos políticos, económicos o sociales que nos afectan. La concentración de los medios de comunicación en las mismas manos de quienes detentan el poder financiero y el sometimiento de la industria creativa a las subvenciones están en el origen de este manto de silencio que busca distraer y derivar la atención de los problemas más acuciantes. La democracia, entendida como gobierno del pueblo, queda reducida al ejercicio simbólico del derecho a voto, sin capacidad de influir y decidir en la gestión pública.

Y mientras todo esto ocurre, la justicia declara “no culpable” a Francisco Camps en el caso “Gürtel” y  la Fiscalía General entiende que no hay motivo para investigar a la infanta Cristina en la “trama” Urdangarín.  Las responsabilidades de quienes se han enriquecido con dinero público o como consecuencia de la especulación financiera se diluyen al mismo ritmo que se libera de culpa a quienes ha provocado el déficit de nuestras instituciones, impulsando, como ha ocurrido en Valencia, proyectos faraónicos de nula rentabilidad social.  Es razonable la sorpresa de Joseph Stiglitz ante la aparente normalidad con la que afrontamos una situación extrema, pero es cierto también que en ocasiones la calma precede a la tempestad y la ciudadanía está al límite de su paciencia.


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Quién soy

Nací en Riaño, Cantabria, el 12 de Agosto de 1960; cuando tenía un año de edad mis padres se trasladaron a Bilbao, y desde entonces vivo en el barrio de Rekalde. He sido parlamentario de Ezker Batua_Berdeak entre 1994 y 2001, y Consejero de Vivienda y Asuntos Sociales del Gobierno Vasco entre 2001 y 2009. Ahora, trabajo como Profesor de Filosofía, Ética y Ciudadanía en un Instituto de Bilbao.

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