Quién dijo que se terminó la guerra. Quizá para los muertos. Sobrevivir a la guerra es llevar acuestas el cuerpo ausente y el corazón emboscado en una batalla llena de gritos que me congelan el alma”. La primera vez que escuché este poema, escrito por Mohamed Salem Abdelfatah, fue en el transcurso de una visita humanitaria a los campamentos saharauis, sitos en Tinduf, Argelia. Pude constatar ya entonces todo el dolor y el sufrimiento generados por años de éxodo, exilio y guerra, que la población saharaui ha sabido sobrellevar con dignidad, buscando refugio en sus tradiciones, su cultura ancestral y la fuerza interior de quienes saben, aunque les sirva de poco, que la razón, la historia y el derecho están de su parte.

Este poema, que hoy releo, despierta en mí sentimientos cruzados de solidaridad con el pueblo saharaui y profunda decepción ante el silencio cómplice de la comunidad internacional, que ha decidido conscientemente abandonar a su suerte a una población inocente, víctima de la prepotencia de un Gobierno sin conciencia democrática. No deja de ser una ironía que la nueva generación de poetas saharauis, criados y educados fuera de su tierra, haya encontrado en el castellano una seña de identidad y un vehículo de comunicación frente a la imposición del francés, mientras nuestro país les da la espalda y opta por anteponer los intereses diplomáticos y comerciales a los principios éticos y a los derechos humanos.

Hablamos de una población oprimida, que suma muertos, heridos  y desaparecidos, ante la equidistancia del Gobierno Zapatero que ha decidido eludir su responsabilidad en el caso del Sáhara y desatenderse de sus habitantes. Es posible que, como todos sus predecesores, haya confiado en el olvido de una causa más de las muchas que persisten en el continente africano, sin  que nadie se ocupe de ellas porque no hay nada que ganar, más allá de la supervivencia de un pueblo. Sin embargo, la realidad es tozuda y los problemas no resueltos siempre reaparecen, poniendo en evidencia nuestras dejaciones. Así le está ocurriendo al PSOE, que con su actitud sumisa ante Marruecos abre una nueva vía de fuga por la cual amenaza con escapar el voto socialista más comprometido.

La complicidad de los sucesivos Ejecutivos españoles con el régimen de Rabat ha estado íntimamente ligada a la amistad entre Juan Carlos I y Hassan II, por un lado,  y a la pesca y al control de la inmigración ilegal, por otro. Más allá de la posición interesada que en la actualidad mantiene el Partido Popular en relación con el ataque perpetrado contra el Campamento de la Dignidad, en las proximidades de El Aaiún, las dos fuerzas mayoritarias de nuestro país se han inclinado por la contención ante Marruecos, en lugar de hacerlo por la contundencia ante agresiones, que están provocando muertes indiscriminadas, detenciones arbitrarias y operaciones militares contrarias a la legislación internacional.

La Liga Española Pro-Derechos Humanos ha presentado una querella ante la Audiencia Nacional, en la que acusa a tres ministros marroquíes de genocidio, lesa humanidad, torturas y secuestro, al tiempo que pide una investigación que clarifique las circunstancias en las que perdió la vida el ciudadano español Baby Hamday Buyema, interceptado por las fuerzas de seguridad mientras se dirigía a su trabajo en El Aaiún. Una vez más, una organización social ejerce el papel que corresponde al Gobierno que, pese a la presión ciudadana cada vez más acuciante, incluso en el seno de su militancia y una parte de su  dirección, rechaza condenar una masacre, perpetrada a dos horas de avión de Madrid.

Marruecos no sólo impone una mordaza a los medios de comunicación para ocultar al mundo sus actuaciones en el Sáhara; también detiene, retiene y expulsa a representantes políticos, institucionales y ONG,s, en un alarde de soberbia inaceptable. Y, por si todo ello no fuera suficiente, sus máximos responsables mienten, al negar la evidencia. El ministro de Interior, Taib Cherkaoui, sostiene que el campamento Agdaim Izik fue desmantelado sin un solo disparo e imputa lo ocurrido a “milicias armadas” saharauis, a las que vincula con grupos terroristas. Todo un ejemplo de transparencia, justicia, democracia y compromiso con los derechos humanos, que Alfredo Pérez Rubalcaba respalda al recibir a este personaje con todos los honores.    

Al analizar lo que ahora está ocurriendo en el Sahara debemos mirar hacia atrás y recordar que este territorio fue una colonia española hasta 1975, fecha de la llamada Marcha Verde, con la que Marruecos respondió a un dictamen de la Corte Internacional de Justicia, que avalaba la celebración de un referéndum para la autodeterminación, impulsado por nuestro país en 1974. El régimen de Franco agonizaba en aquellos momentos y la dictadura decidió mirar hacia otro lado, y aceptar la cesión del Sáhara a Hassan II y a Mauritania. Nos encontramos, por tanto, ante una dejación clara, que dio lugar a una guerra, que se prolongo hasta 1991 cuando Marruecos y el Frente Polisario suscribieron un alto el fuego, auspiciado por Naciones Unidas, cuya letra el reino alauita ha incumplido desde entonces.

Hassan II, en una de sus últimas entrevistas, resumía así la situación: “Nos hemos hecho con el Sáhara, pero no con el corazón de los saharauis”. Una gran verdad.  Las nuevas generaciones de saharauis, lejos de distanciarse de los deseos de independencia de sus padres, los viven aún con mayor intensidad. No confían en Mohamed VI porque les prometió una gran autonomía y ha incumplido su palabra. Además, se sienten discriminados social y económicamente en su tierra, y así Marruecos no se ganará nunca su afecto sino su odio. Los jóvenes en Tinduf, en El Aaiún y en el exilio llaman a la guerra, pero los líderes del Frente Polisario prefieren el diálogo bajo el auspicio de Naciones Unidas. Saben que sin dinero no hay armas y saben también que si el mundo se ha sometido ante Marruecos ellos no serán la excepción.

Javier Madrazo Lavín. Noviembre 2010-11-19


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Quién soy

Nací en Riaño, Cantabria, el 12 de Agosto de 1960; cuando tenía un año de edad mis padres se trasladaron a Bilbao, y desde entonces vivo en el barrio de Rekalde. He sido parlamentario de Ezker Batua_Berdeak entre 1994 y 2001, y Consejero de Vivienda y Asuntos Sociales del Gobierno Vasco entre 2001 y 2009. Ahora, trabajo como Profesor de Filosofía, Ética y Ciudadanía en un Instituto de Bilbao.

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