Dos visiones del mundo
Octubre 2009

Dice José Saramago, Premio Nobel de Literatura, que “los únicos interesados en cambiar el mundo son los pesimistas, porque los optimistas están encantados con lo que hay”. Como amigo y fiel lector del escritor portugués, con quien he compartido encuentros y conversaciones, tengo la convicción de que esta reflexión responde a un análisis profundo de la realidad política, económica y social en la que vivimos. Saramago, comprometido desde su juventud con el comunismo y la izquierda transformadora, sabe que sólo quienes conocen las injusticias que genera un modelo de desarrollo basado en la acumulación de capital, el reparto desigual de la riqueza y la explotación de los recursos naturales son quienes reivindican, a su vez, una alternativa más integradora, más equilibrada y más humana. Seremos pesimitas, no lo dudo; pero tenemos sueños e ideales. Optimistas, siguiendo la tesis del Premio Nobel de Literatura, son quienes como el Presidente Zapatero primero niegan la crisis económica, después inyectan recursos públicos a las entidades financieras, más tarde anuncian que la subida fiscal afectará a las rentas del capital y finalmente presentan una reforma impositiva que castiga a quienes trabajan y difícilmente llegan a fin de mes, y a quienes se mueven entre un salario de mil euros y la amenaza del desempleo.

Es evidente que quienes actúan así lo hacen porque les gusta el modelo de desarrollo actual y cierran filas en su defensa. Aparecen sonrientes en los medios de comunicación, suscriben declaraciones grandilocuentes y se abrazan con fingido afecto ante los focos. Así ha ocurrido en la Cumbre de Pittsburgh, donde hemos podido constatar que no habrá cambios de calado. Han quedado lejos los tiempos en los que, coincidiendo con el estallido de la crisis, Sarkozy afirmaba que el sistema vigente había caducado; también Zapatero culpaba entonces de la situación al “capitalismo sin fronteras, sin límite y sin ética”. ¿Dónde están ahora todas estas proclamas? ¿Qué ha ocurrido para que el G-20 haya decidido en su última reunión posponer, cuando no aparcar, los acuerdos alcanzados hace cinco meses en Londres? El control sobre la actividad financiera se relaja, las operaciones de riesgo no serán castigadas como se merecen, las reservas de fondos privados para que las entidades puedan hacer frente a sus pérdidas no serán tales y las promesas hechas se guardan ya en el cajón del olvido.

El optimismo se abre camino de nuevo. No es el caso del Estado español, pero los últimos datos indican que países como Francia y Alemania están técnicamente saliendo de la recesión y la crisis económica no se percibe ya como una amenaza a la viabilidad futura del capitalismo. Esta vez, superando las expectativas más catastrofistas, han salvado los muebles y empiezan a respirar con más calma, aunque el precio lo hayamos pagado el conjunto de la ciudadanía al contado, miles de millones de euros entregados a la banca privada, y continuaremos haciéndole en el futuro a plazos, es decir, soportando sobre nuestros hombros altas tasas de desempleo, recortes de protección y prestaciones sociales, y, ahora, una mayor presión fiscal. Mientras tanto, quienes han sido responsables de la crisis económica ven como sus Gobiernos respectivos, se consideren de izquierda, centro o derecha, les liberan de toda culpa, atienden sus peticiones de más flexibilidad laboral y legitiman la especulación y la acumulación de beneficios a través de las llamadas Sociedades de Inversión de Capital Variable (Sicav).

Queda claro que Zapatero no decía toda la verdad cuando todavía recientemente afirmaba que serían las rentas más altas las que soportarían una mayor carga impositiva. El presidente utiliza las palabras y los discursos de la izquierda, pero después sus actuaciones le desmienten siempre y le sitúan en el campo de la derecha. Creo sinceramente que hemos perdido una gran oportunidad para avanzar hacia un mundo más justo. La crisis económica permitió abrir un periodo de reflexión, que lamentablemente se está cerrando en falso.

Compañeras y compañeros, con quienes me une una afinidad ideológica, me trasladaban un sentimiento de esperanza cuando hace apenas doce meses el presidente de la Patronal Española, Gerardo Díaz Ferrán, admitió públicamente la necesidad de imponer “un paréntesis en la economía de libre mercado”. Todo parecía indicar a su juicio que el cambio de modelo de desarrollo, tantas veces reivindicado y tantas veces frustrado, llegaría, contra todo pronóstico, del fracaso de sus máximos valedores: la élite económica y financiera internacional. No ha sido así. Quienes están encantados con lo que hay, “optimistas”, tal y como les define Saramago, pasado el pánico inicial, se sientan en la mesa del G-20 para redoblar su apuesta por el capitalismo en estado puro. Reiteran su confianza en la autorregulación del sector y regresan a sus despachos para retomar las mismas tareas con los mismos fines, como si todo lo ocurrido hubiera sido un mal sueño. La realidad, sin embargo, es tozuda y da la razón a quienes sí tenemos interés en cambiar el mundo, “pesimistas”, siguiendo la definición del escritor portugués, porque no nos gusta lo que hay. Sólo en Euskadi 46.000 personas están afectadas por Expedientes de Regulación (ERE,s) y aproximadamente 40.000 carecen de prestaciones por desempleo.

El Gobierno de Patxi López ya ha anunciado, por boca de su Consejero de Economía y Hacienda, que está decidido a secundar la política fiscal impulsada por su homónimo en el Estado; el Partido Nacionalista Vasco, por su parte, se ha mostrado dispuesto a pactar con Zapatero los Presupuestos Generales del Estado. Unos y otros apelan a la responsabilidad, pero su único objetivo es la salvación del sistema. Las personas que se busquen la vida como puedan. El hecho diferencial y las potencialidades derivadas del Concierto Económico, que son muchas, a excepción del IVA, competencia exclusiva del Estado, se pondrán nuevamente al servicio de las rentas del capital y las rentas del trabajo serán las que resulten más perjudicadas. De la lucha contra el fraude, mejor ni hablar. Este tema nunca está en la agenda.

Que nadie lo ponga en duda. PSOE y PNV harán juntos este camino, y el PP les acompañará, más allá de comparecencias puntuales ante los medios de comunicación. El miedo al naufragio ha pasado. Quienes ocupan los camarotes de primera no corren ya ningún riesgo; la alarma está tocando a su fin. Es cierto que quienes viajan en segunda, cuando no en tercera o cuarta, están con el agua al cuello, pero su suerte no les importa a los optimistas. Son sólo daños colaterales. Somos los pesimistas quienes nos preocupamos por las personas, por su bienestar y por su desarrollo. Tal vez por ello defendamos la unidad de la izquierda política, sindical y social como alternativa al modelo de desarrollo actual.

Esta misma semana hemos visto los frutos de una colaboración de estas características en Alemania, donde el partido Die Linke, copresidido por Oskar Lafontaine y Gregor Gysi, ha recibido el apoyo del 12,5 por ciento de la ciudadanía y los Verdes igualmente han alcanzado su máximo histórico con un 10,6%; también en los comicios celebrados en Portugal el espacio de la izquierda transformadora , representado por el Bloco de Esquerda junto a la coalicion Partido Comunista-Los Verdes suman el 18% , ha incrementando su representación. Si la derecha ha sido capaz, en un contexto de crisis económica, de sumar a la autodenominada socialdemocracia e incluso a personas que se definen de izquierda para salir en defensa del capitalismo más neoconservador, yo me pregunto: ¿qué impide a la izquierda de verdad, transformadora, alternativa y revolucionaria hacer lo mismo en defensa del Socialismo en nuestro entorno más cercano?

Javier Madrazo Lavín


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Quién soy

Nací en Riaño, Cantabria, el 12 de Agosto de 1960; cuando tenía un año de edad mis padres se trasladaron a Bilbao, y desde entonces vivo en el barrio de Rekalde. He sido parlamentario de Ezker Batua_Berdeak entre 1994 y 2001, y Consejero de Vivienda y Asuntos Sociales del Gobierno Vasco entre 2001 y 2009. Ahora, trabajo como Profesor de Filosofía, Ética y Ciudadanía en un Instituto de Bilbao.

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