Agotamiento de la violencia
Enero 2010
Andrea Bartoli, fundador del Centro Internacional de Resolución de Conflictos de la Universidad de Columbia y miembro de la Comunidad de San Egidio, afirmaba, en el año 2007, poco después del atentado perpetrado por ETA en Barajas, tras haber anunciado una tregua permanente en marzo de 2006, que es preciso mantener siempre viva la esperanza en la paz. Recuerdo estas palabras, pronunciadas en un encuentro del Grupo Permanente de Asesores convocado por el anterior Gobierno Vasco para desarrollar el Plan de Paz y Convivencia, en el que también participaron Albert Reynolds, ex primer ministro de Irlanda, Roelf Meyer, ex ministro de Defensa de Sudáfrica, Harry Barnes, miembro de la Fundación Carter, y Joanna Weschler, ex representante del Observatorio de Derechos Humanos ante la Comisión Europea.
Su reflexión fue unánimemente compartida en un momento convulso, en el que el Presidente Zapatero había dado por cerrado definitivamente el proceso de diálogo abierto con ETA, tras la explosión en el aeropuerto de Madrid, en el que perdieron la vida dos inmigrantes de origen ecuatoriano. Han transcurrido tres años desde entonces, y ETA ha continuado activa, inmune a la condena social que generan todas sus acciones. Son muchas las voces que, en este contexto, se confiesan contrarias a contemplar nuevos esfuerzos en favor de la paz; posiblemente haya razones para el escepticismo más profundo ante tanta frustración acumulada como consecuencia de la sinrazón y la imposición totalitaria practicada hasta la fecha por parte de quienes ejercen la violencia.
No obstante, siendo cierto lo anterior, tampoco podemos ignorar el alcance del debate que está llevando a cabo el llamado Movimiento de Liberación Nacional Vasco (MLNV) en los últimos meses sobre su futuro y la estrategia a desarrollar tras la sentencia del Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo, que avala la ilegalización de la izquierda abertzale, promovida por el Gobierno Zapatero con la complicidad del Partido Popular. En esta ocasión la reflexión impulsada por la dirección y la base social del MLNV está siendo más abierta y transparente de lo habitual en un mundo tradicionalmente hermético, lo que nos permite deducir que esta vez sí son mayoría quienes abogan por la desaparición de la violencia. Desconocemos, de todos modos, cuál será su posición si ETA no escucha este sentir y persiste en su actividad terrorista.
En este sentido, es natural albergar reservas y cautelas ante acontecimientos próximos, pero no por ello debemos despreciar los pasos dados en tres documentos significativos como son la “Declaración de Alsasua”, “Clarificación de la Estrategia y Fase Política” y “Gakoa”. Los dos primeros responden a las tesis defendidas por el sector más proclive a recuperar el espacio político e institucional perdido a través de cauces exclusivamente democráticos. El tercero denuncia sin medias tintas el papel de la violencia, realiza una profunda autocrítica y exige un giro drástico en el rumbo seguido por el MLNV. Parece evidente que el debate actual que centra toda la atención en la izquierda abertzale tendrá también lugar, con el mismo énfasis, en la dirección de la organización armada, como está ocurriendo en las cárceles de los Estados español y francés.
Sin embargo, carecemos de información a este respecto, y poco o nada sabemos de lo que piensa ETA en relación con los cambios que debe emprender el MLNV, si quiere constituir un polo soberanista para concurrir a las elecciones municipales y forales del año 2011, y menos aún sobre su voluntad de pasar página a la violencia. Éste es, de hecho, el quid de la cuestión. Sólo cabe especular con las razones por las cuales ETA permanece callada desde el pasado 30 de julio cuando una bomba lapa asesinó en Mallorca a dos guardias civiles. Es posible que haya decidido mantener una tregua tácita ante este periodo de reflexión, pero también resulta razonable intuir que se está registrando un pulso entre un grupo que comparte el análisis de la mayoría de la izquierda abertzale y otro que entiende que la violencia es todavía una herramienta válida de presión.
Personalmente, creo en la sinceridad de quienes reivindican una nueva etapa que conduzca a la superación de la lucha armada, y cuánto más fuertes sean más capacidad de influencia podrán ejercer sobre ETA. Lamentablemente, la coyuntura política no es la más idónea para emplazar al PSOE a que acompañe con gestos de distensión los avances que está liderando una parte significativa de la izquierda abertzale. La debilidad de Zapatero, la alianza de Patxi López con el Partido Popular, la proximidad de las elecciones municipales y forales de 2011, y la experiencia fallida de Loiola constituyen una hipoteca para el PSOE, que se niega mover ficha mientras ETA no desaparezca. En mi opinión, y más allá de la desconfianza y las dudas comprensibles, la paz nos exige asumir riesgos, aún siendo conscientes de que podemos equivocarnos.
El acercamiento de las personas presas a sus lugares de origen sería un activo que contribuiría a reforzar la apuesta de quienes aspiran a dejar atrás la violencia, aunque aún no esté tan clara su disposición a romper definitivamente amarras con ETA, en el supuesto de que ésta haga oídos sordos a sus demandas. Éste es, en realidad, el reto que debe afrontar la izquierda abertzale en el corto plazo. La paz exige credibilidad y liderazgo, y quienes ansían poder hacer política desde vías pacíficas y democráticas han de llegar hasta el final en la defensa de sus convicciones, con autonomía e independencia, al margen de cuáles sean las directrices de ETA. Me consta que la sociedad vasca mantiene viva la esperanza en la paz, tal y como reclamaba Andrea Bartoli hace tres años. Hasta es factible que la izquierda abertzale haya interiorizado el agotamiento que supone la violencia. Si es así nos encontramos en el buen camino.
Javier Madrazo Lavín
Enero, 2010




























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