¿Quién controla al capitalismo?
Noviembre 2009

Dos acontecimientos tan diferentes como son, por un lado, la celebración del XVIII Congreso Federal del Partido Comunista de España y, por otro, la conmemoración del vigésimo aniversario de la caída del Muro de Berlín han coincidido, por cuestiones del azar, en el tiempo, lo que nos permite realizar una reflexión serena sobre el pasado, el presente y el futuro de un modo de entender el mundo vinculado, en sus orígenes, a la revolución obrera y a la lucha de clases. Son muchas las voces que desde distintos ámbitos dan por superado definitivamente el comunismo y lo hacen siempre desde la defensa numantina del capitalismo y el mercado neoliberal en estado puro.

La derecha ha ganado, en cierto sentido, la batalla del lenguaje , arrebatando a la izquierda sus señas de identidad propias, enarbolando ahora, en un alarde de cinismo sin precedentes, conceptos como libertad, igualdad o justicia social, que en sus discursos carecen de valor y contenido. Es cierto que la caída del Muro de Berlín en 1989 abrió grandes expectativas, pero es igualmente cierto que en su mayoría se han visto frustradas. El capitalismo, sin el contrapeso del comunismo, dio la espalda al Estado, consagró el mercado como única verdad y alimentó la avaricia y la soberbia de la banca y las grandes empresas; el balance final de todos sus excesos no invita al optimismo: nos encontramos hoy ante una grave crisis económica que trae consigo desempleo, pobreza y exclusión.

El comunismo habrá cometido errores y equivocaciones, pero también ha sabido reconocerlos. El capitalismo, en cambio, no admite ninguna responsabilidad en la situación actual y carece de propósito de enmienda. Su única obsesión es el beneficio inmediato y sus recetas para hacer frente a la recesión son la flexibilización del mercado laboral, abaratar aún más el despido, contener los salarios, reducir los impuestos a quienes más ganan y, por supuesto, recortar el gasto en protección social. La historia, en ocasiones, es maniquea y así ha ocurrido en el caso del comunismo; este término se vincula intencionadamente con dictadura, cuando no con totalitarismo, y se obvia toda su tradición en defensa de los ideales de convivencia, entendimiento, solidaridad y superación de las injusticias.

En el Estado español, sin ir más lejos, se ha ocultado el papel y la actuación del Partido Comunista en la lucha antifranquista y en la recuperación de la democracia y las libertades. La ciudadanía en su conjunto, y especialmente las personas de izquierda, tenemos todavía una deuda pendiente con quienes supieron renunciar en la transición al protagonismo que les correspondía y pasaron página con gran altura de miras, siendo como fueron las grandes víctimas de la represión, pensando en el interés general y en la reconciliación como ejes de paz y estabilidad. En nombre del comunismo se han cometido abusos, al igual que el capitalismo ha declarado guerras bajo la coartada de la seguridad, pero en su génesis están la apuesta por el socialismo, la república, la fraternidad y la igualdad.

Habrá lagunas en el pasado del comunismo, nadie lo niega, pero el capitalismo está lleno de agujeros negros. El poeta Marcos Ana, que está a punto de cumplir los noventa años, referente en la lucha contra la dictadura franquista, dos veces condenado a muerte y preso en el franquismo durante veintitrés años, resume con estas palabras, aún vigentes, las razones que le llevaron, siendo menor de edad, a identificarse con el ideario comunista: “Mi pecado es terrible: quise llenar de estrellas el corazón del hombre”. Sin duda alguna, no hay objetivo más noble. En un contexto en el que la democracia se siente amenazada por la ausencia de valores éticos y morales, lo que provoca, a su vez, desafección y descrédito en la política, el ejemplo de personas como Marcos Ana adquiere mayor notoriedad, aunque su obra no alcance la difusión que merece. Recuerdo que en un encuentro que mantuvimos recientemente, me confesaba su fe plena en el comunismo. “A pesar de todo -me dijo entonces- el único camino válido es el socialismo. Necesitamos líderes sociales, líderes jóvenes, que trabajen en los barrios, en las fábricas y en las universidades, denunciando el imperialismo y recuperando nuestra memoria y nuestra dignidad en pro de un mundo mejor”. No es un camino fácil.

El pasado 9 de Noviembre se dieron cita en la Puerta de Brandremburgo más de treinta líderes mundiales, pero un único discurso para festejar la caída del Muro de Berlín. Barack Obama, a través de un vídeo, aludió a la “lucha contra la tiranía”. Angela Merkel, por su parte, habló de “victoria de la libertad” y Sarkozy reclamó para Francia y Alemania “la responsabilidad de garantizar la paz”. Por supuesto, ni una sola mención a las intervenciones militares en Irak o Afganistán; y menos aún, al hambre en África, al calentamiento global, a la sobreexplotación de los recursos naturales o al drama de millones de familias que en Europa carecen de un empleo en condiciones y, cuando lo tienen, el alquiler mensual de una vivienda es superior a su salario.

Tampoco hubo espacio en sus intervenciones para recordar que quienes aplauden la desaparición del Muro de Berlín son precisamente quienes levantan nuevos Muros en Cisjordania, en la frontera entre Estados Unidos y México o en Ceuta y Melilla para impedir, en este caso, la llegada de inmigrantes no deseados. En la Puerta de Brandemburgo se habló de democracia, derechos humanos y libertad, pero nada se dijo de Guantánamo, ni de la dramática situación del pueblo saharaui, ni del Muro construido hace más de tres décadas por Marruecos para aislar al Frente Polisario. Los Objetivos de Desarrollo del Milenio, aprobados en el año 2000 por Naciones Unidas, quedaron, una vez más, en el olvido, porque nadie tiene voluntad sincera de cumplirlos. El reto era claro: erradicar para el año 2015 la pobreza extrema, extender la enseñanza primaria universal, promover la autonomía de la mujer, reducir la mortalidad infantil, combatir el SIDA, y garantizar la sostenibilidad. Nada de todo ello se ha cumplido y el mundo no es hoy un lugar mejor que hace veinte años ni tampoco necesariamente más justo.

La crisis financiera, el cambio climático y la inseguridad alimentaria impiden hacer frente con éxito a los Objetivos del Milenio, pero no impiden, en cambio, invertir en más armamento, con la excusa recurrente de la seguridad, que tanto gusta enarbolar al capitalismo. El XVIII Congreso del Partido Comunista de España ha servido, entre otras muchas cosas, para recordar que esta ideología está aún viva, y esto no es poco en los tiempos que corren. La caída del Muro de Berlín puso fin a una herida abierta tras la Segunda Guerra Mundial, pero, en ningún caso, este hecho se debe interpretar como la desaparición del comunismo.

Hay muchas razones para sentirse comunista, y las hay, además, para hacerlo con orgullo. En un momento en el que las formaciones políticas mayoritarias navegan en las turbias aguas de la corrupción institucionalizada, sea enriquecimiento personal o financiación ilegal, el Partido Comunista de España se puede presentar ante la opinión pública con las manos limpias y un programa propio, que recupera la defensa de la rebeldía y la utopía como instrumentos de transformación y palanca de cambio real. El Partido Comunista de España tiene derecho a la visibilidad y debe estar presente en la vida pública, participando activamente en la refundación de Izquierda Unida.

Hay razones para el acuerdo y el consenso en el ámbito de una izquierda plural, que supere con carácter definitivo la división y el sectarismo, que sólo provocan atomización y debilidad. Es la hora del trabajo compartido entre comunistas, ecosocialistas, feministas, pacifistas, grupos libertarios, movimiento antiglobalización, cristianos de base,… Éste es, a mi juicio, el reto más urgente que debe abordar el Partido Comunista de España, y lo debe hacer, además, en el seno de Izquierda Unida y desde el reconocimiento y el respeto a la autonomía de todas las corrientes de progreso, anticapitalistas, socialistas y republicanas, que cohabitan en nuestra sociedad. Recuperar la ilusión y la confianza en una izquierda cohesionada es una prioridad, que debe centrar todos los esfuerzos en el año 2010. Izquierda Unida surgió con fuerza en 1986, al calor del rechazo a la OTAN. ¿Por qué no se puede repetir este mismo fenómeno ahora como respuesta a la crisis económica y al giro a la derecha que ha emprendido el Gobierno de Rodríguez Zapatero? El desgaste creciente del PSOE hace imprescindible en el Estado español la apuesta por un socialismo real y una república democrática. El capitalismo necesita un contrapoder fuerte, y éste no es otro que un comunismo igualmente fuerte. Reivindicar el comunismo no implica nostalgia del pasado, ni añoranza por la antigua URSS.

Al contrario, significa futuro, movilización por un mundo más justo. La izquierda tiene que recuperar su lenguaje sin complejos y apelar a la revolución anticapitalista, en un trabajo conjunto con las centrales sindicales y agentes sociales. Creo sinceramente que éste es el camino que emprenderá el Partido Comunista de España después de su último Congreso y es posible que nos encontremos en el inicio de una nueva andadura, en la que la unidad de acción en el seno de Izquierda Unida haga factible la consolidación de una alternativa de progreso, socialista y republicana, que cuando apele a la libertad, a la igualdad y a la justicia social lo haga con convicción. Marcos Ana, en la presentación en Bilbao de su autobiografía “Decidme cómo es un árbol”, mostró su confianza en el futuro y afirmó que “serán las ideas del comunismo las que harán posible otro mundo”. “Me marcharé sin verlo -precisó con una sonrisa- pero pienso que ese día llegará”.

Javier Madrazo Lavín


2 Responses to “¿Quién controla al capitalismo?”


  1. 1 fenix
    13/05/2010 en 6:08 pm

    Excelente artículo Javier, ojala muchas mas personas pudieran asumir de forma mas solidaria el concepto altruista de tus palabras, entonces el mundo empezaría a cambiar.
    Por desgracia mientras el hombre, “sea un hombre para el hombre”, seguirá predominando el egoismo, la mentira y la demagogia.
    Yo hace tiempo que me convencí que a los despotas de la tierra, solo se les desplaza de su pedestal de soberbia y crueldad, mediante el uso de la espada, ya que detras del diálogo solo existen tramas de engaño y falsedad.


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Quién soy

Nací en Riaño, Cantabria, el 12 de Agosto de 1960; cuando tenía un año de edad mis padres se trasladaron a Bilbao, y desde entonces vivo en el barrio de Rekalde. He sido parlamentario de Ezker Batua_Berdeak entre 1994 y 2001, y Consejero de Vivienda y Asuntos Sociales del Gobierno Vasco entre 2001 y 2009. Ahora, trabajo como Profesor de Filosofía, Ética y Ciudadanía en un Instituto de Bilbao.

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