El sociólogo francés, Alain Touraine, es autor, entre otras muchas obras de prestigio, de un libro, editado en 1997, bajo el título ¿Podremos vivir juntos? Iguales y Diferentes.  Su contenido tiene como hilo conductor el impacto de la globalización en la convivencia entre identidades y personas distintas, y su derecho a las mismas prestaciones sociales y al desarrollo de su propia personalidad como hombres y mujeres libres. No se trata, por tanto, de una reflexión sobre la convivencia en la izquierda, ni tampoco sobre la voluntad o capacidad de interacción entre las sensibilidades que la integran. 

Sin embargo, la pregunta que sustenta este trabajo del galardonado Premio Príncipe de Asturias 2010, en el ámbito de la Comunicación y las Humanidades, es aplicable a un análisis sobre la tendencia de la izquierda a la atomización, incluso en un contexto político, económico y social, en el que su voz puede ser escuchada con más fuerza y la búsqueda de la unidad de acción habría de ser su horizonte. No me refiero, en esta ocasión, a la situación interna de Ezker Batua-Berdeak, que también, sino al conjunto de familias que integran en la actualidad la izquierda vasca y estatal.

Alain Touraine, en artículos de opinión y entrevistas, insiste en una idea, que también comparto. Me  refiero a su llamamiento a la opinión pública europea, instándole a que a promueva un debate, que obligue a sus Gobiernos respectivos a impulsar estrategias que permitan distanciarse del neoliberalismo, reconociendo que nos ha conducido a una crisis grave, cuya solución no se vislumbra en el medio plazo. Es más, el aumento del desempleo, la reducción de prestaciones y el recorte de derechos laborales pueden traer consigo la extensión de la pobreza y con ella graves conflictos de convivencia social.

El sociólogo francés apela a la ciudadanía y al mundo intelectual como motor de concienciación ante aquellos dirigentes que han renunciado a su autoridad para delegarla en la banca y la patronal, que son quienes gestionan el mundo, sin haber concurrido nunca a unas elecciones, ni haber sometido sus programas a la consideración social. La democracia pierde así parte de su legitimidad, ante la superioridad de los auténticos centros de poder que no están ya en las instituciones políticas sino en el mercado y en las grandes empresas multinacionales. 

Alain Touraine tiene razones fundadas para expresar sus preocupaciones y sólo realizaría un pequeño apunte a su disertación. Me refiero al papel de la izquierda ante un panorama que no invita al optimismo. El Premio Príncipe de Asturias entiende que las nuevas generaciones han perdido interés en la política y no perciben diferencias entre derecha e izquierda. Tiene su lógica. De hecho, el sociólogo francés aseguró hace treinta años que “el socialismo ha muerto”. La ideología como concepto sigue viva, pero es cierto que los partidos que llevan su nombre actúan como lo haría la derecha. 

Por ello, creo que la izquierda tiene ante sí un reto y una responsabilidad, que no debe eludir, ni en Euskadi, ni el Estado. En periodos de crisis, una parte importante de la ciudadanía mira a su derecha, e incluso a la extrema derecha, buscando respuestas a sus problemas más acuciantes. Se da así la paradoja de que el Partido Popular se presenta ahora como la formación que defiende a los sectores más débiles y a los trabajadores, mientras que el Gobierno del PSOE asume el papel de brazo ejecutor del Fondo Monetario Internacional y las Agencias de Calificación. 

El descontento generado por la política antisocial de Zapatero, cuyo desgaste preocupa por igual en el Ejecutivo y en Ferraz, beneficia a Mariano Rajoy, en lugar de hacerlo a Izquierda Unida. Esta formación merece un mayor respaldo que el crecimiento tibio que apuntan los sondeos electorales porque es la única que piensa de verdad en las personas y en su lucha por sobrevivir ante una realidad hostil, que lejos de mejorar parece empeorar. El esfuerzo de Cayo Lara y su equipo choca, sin embargo, contra un muro de incomprensión, motivado en parte por las disensiones en su seno.

Es la vieja historia de la izquierda en su conjunto. Soy consciente de que ha habido y hay diferencias, que no son fáciles de solventar, en Madrid y en Euskadi, pero aún así tenemos la obligación política y ética no sólo de intentarlo, sino también de lograrlo. Lo he dicho siempre: tenemos que aprender a respetarnos dentro para ser respetados  fuera; querernos más para ser más queridos y poder enamorar a quienes buscan un referente de progreso, que les ofrezca credibilidad y confianza, y les devuelva la ilusión y la esperanza perdidas en la izquierda socialista, republicana, federal  y verde.

En Euskadi la fragmentación de la izquierda es aún mayor. Ezker Batua-Berdeak está inmersa en un proceso de debate sobre su futuro, que confío terminará en una solución pactada, pero es preciso fijar marcos de colaboración con el conjunto de la izquierda vasca. Me encuentro entre aquellos que piensan que más pronto que tarde la izquierda abertzale dará pasos efectivos hacia la superación de la violencia, abriendo vías de comunicación con otras voces del mismo espectro político, no sólo en las instituciones sino también en la movilización. 

No negaré ninguna legitimidad a un polo soberanista, pero, en mi opinión como espectador y persona de izquierda que reivindica el derecho a decidir como ejercicio de libertad y democracia participativa, la ciudadanía vasca está más necesitada en el momento presente de un polo socialista. No pienso en coaliciones electorales, y espero que nadie malinterprete mis palabras a este respecto, sino más bien en la unidad de acción como contrapunto y contrapoder a quienes hacen bandera del mercado y no de las personas, aprovechando  la falta de cohesión en la izquierda.  

Javier Madrazo Lavín. Bilbao, de  Junio de 2010


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Quién soy

Nací en Riaño, Cantabria, el 12 de Agosto de 1960; cuando tenía un año de edad mis padres se trasladaron a Bilbao, y desde entonces vivo en el barrio de Rekalde. He sido parlamentario de Ezker Batua_Berdeak entre 1994 y 2001, y Consejero de Vivienda y Asuntos Sociales del Gobierno Vasco entre 2001 y 2009. Ahora, trabajo como Profesor de Filosofía, Ética y Ciudadanía en un Instituto de Bilbao.

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