Estoy leyendo estos días el Informe, elaborado por el Secretario General de Naciones Unidas, Ban Ki-moon, en relación con el cumplimiento de los Objetivos del Milenio, que son tan loables como inalcanzables por falta de voluntad social y política. Hace ahora diez años 189 países ratificaron la Declaración del Milenio y se pusieron como meta, entre otros muchos retos, erradicar la pobreza extrema en el mundo, extender la enseñanza primaria universal, promover la autonomía de la mujer, reducir la mortalidad infantil, combatir el SIDA y garantizar la sostenibilidad. Además, pusieron fecha a todos estos compromisos: 2015.
Hoy, sabemos fehacientemente que no será posible alcanzar los Objetivos del Milenio, e incluso resulta razonable pensar que lejos de avanzar en la conquista de estos logros humanos estemos retrocediendo. El Informe redactado por Ban Ki-moon, bajo el título “Cumplir las Promesas”, constituye un alegato en defensa de un mundo más justo, pero me temo que todas sus palabras y recomendaciones chocan contra un muro de indiferencia, cuando no de desdén y superioridad, por parte de los países más ricos. El secretario general de Naciones Unidas apuesta por pisar el acelerador, pero quienes están llamados a hacerlo tienen otras prioridades en su agenda.
De hecho, su única obsesión, en este momento, es salvar el capitalismo, aunque ello implique hundir la calidad de vida y el bienestar de la ciudadanía. Parece obvio concluir que quienes son responsables del desempleo, la precariedad y los bajos salarios en sus países, no van a demostrar después ninguna sensibilidad por la pobreza en el mundo, el hambre, la enfermedad o el deterioro medioambiental. Es tan lamentable como cierto. Por ello, Ban Ki-moon clama en el desierto y nadie le escucha. Ha convocado a todos los líderes mundiales el próximo mes de septiembre a una nueva Sesión Plenaria para impulsar los Objetivos del Milenio.
Es posible que acudan todos, pero con seguridad será solo para hacerse la foto, abrazarse unos a otros y sonreír ante las cámaras. Más o menos como el Consejo de Sabios (¿?) de PPatxi. Sé que en tiempos de recesión no es fácil apelar a la solidaridad y a la corresponsabilidad con los países y las personas más desfavorecidas, pero aún así debemos hacerlo. El impacto de la crisis económica, el cambio climático y la inseguridad alimentaria son hoy mucho mayores en los países más pobres que en el año 2000. El secretario general de Naciones Unidas teme, con razón, que los Objetivos del Milenio queden otra vez reducidos a una declaración retórica de buenas intenciones, pero si finalmente se confirma esta predicción el fracaso será estrepitoso y alguien debería rendir cuentas por ello en 2015.




























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